lunes, 24 de marzo de 2014

Kings Cross




Todas las mañanas cojo el tren, hago transbordo en Finsbury Park y desde allí sigo hasta Kings Cross. La reina de Inglaterra se sienta a mi lado. Su presencia pasa desapercibida. Quizás sea porque esta vez no viaja escoltada por uno de esos tipos con turbante peludo y casaca roja que uno siempre se imagina detrás de esta señora. Abro las páginas de mi libro, La balada de Iza. Compré este libro en la feria del libro del año pasado y lo empecé a leer pocos días antes de que naciera Mopito. Cuando comenzaron las contracciones, lo deslicé discretamente dentro de la bolsa que me llevé al hospital. Pero el Padre Cholón me descubrió. “¿Para qué vas a llevarte el libro? ¿Cuándo crees que vas a leer?” La balada de Iza se quedó agazapada en un rincón, sin atreverse a asomar ni una oreja durante todo el tiempo que estuvimos ingresados. Alguien, no sé cómo, se acordó de volver a meterlo en mi bolsa cuando nos fuimos de allí. Desde entonces, ha estado varios meses tirado en la mesilla del salón, triste y taciturno. Ahora de camino a Kings Cross dispongo de un ratito para dedicar a la lectura. Siempre me ha gustado leer en el tren. Por pudor, lo que nunca hasta ahora había hecho era leer mientras caminaba por la calle. Y eso que siempre se me ha dado bastante bien. Pero dicen 
que las madres perdemos la vergüenza a todo. 

Llego a Kings Cross hacia las diez, media hora más tarde de lo que me gustaría. La reina sigue mis pasos muy de cerca, aunque rápidamente se desvía en dirección al andén nueve y tres cuartos. Yo sigo caminando, despacio, con mi libro en la mano, hacia la biblioteca.

viernes, 7 de marzo de 2014

Una puerta en Terrick Road




Al norte de Londres, en Terrick Road, hay una puerta solitaria. Cuando la puerta se abre aparecen unos altos y polvorientos escalones que hay que trepar, con Mopito a cuestas, el cochecito a cuestas y los otros cien kilos de equipaje también a cuestas (sí señor, cien kilos). Cuando alcanzo el final del segundo tramo de escaleras, en el primer piso, el Padre Cholón aturdido me pregunta bajito cómo hemos llegado a esto. Y entonces aparece una segunda puerta. Es la puerta de M.B. y su familia. Ellos también tienen un bebé y  se han ido a pasar un par de meses a la casa familiar, en Francia. Viendo que la enorme caja que albergaba el esterilizador de biberones está vacía, presumo que también ellos viajan con más de cien kilos de equipaje a cuestas.

No conocemos a M.B. y a su familia pero durante los próximos meses viviremos su vida. Utilizaremos sus vasos y tenedores. Nos pelearemos con su tostadora, tratando de sacar sin quemarnos los trozos de pan ligeramente chamuscados, igual que hacen ellos. Mopito se reirá con el búho que revolotea y canturrea sobre su cunita, como se ríe J., el bebé de M.B. Como ellos, también aprenderemos de memoria los pasos de baile que hay que dar para salir sigilosamente de la habitación en la que duerme el churumbel sin hacer enfadar a un suelo viejo y gruñón que no para de crujir. Cada mañana tropezaremos con el mismo desgarrón en la moqueta con el que tropiezan ellos. Y sabremos calcular tan bien como ellos cuando hay que ir corriendo a cambiar monedas para alimentar al contador de la luz. Porque, queridos muggles, la casa que esconde la puerta solitaria de Terrick Road es tan vieja que la electricidad se recarga libra a libra, introduciendo las monedas por la ranura de un contador que hay a la entrada del edificio, al borde de la espigada escalera.