miércoles, 21 de enero de 2015

El amor es puñetero



Foto de cuando éramos jóvenes y el amor molaba

Otra vez las maletas por en medio, un bote de colacao listo para llevar y las lavadoras al día. Nos hemos pasado toda la semana haciendo coladas. En el montón de la izquierda los libros que se quedan y en los de la derecha los que se vienen con nosotros. Lo mismo con los juguetes. En una bolsa, las cremas y los geles sin estrenar de Mopito, recién llegados de la farmacia. Y unos zapatitos de un número más que el suyo, por si acaso le crece el pie en los próximos tres meses.


Y es que amigos, nos volvemos a marchar. Me encantaría decir aquello de que vamos a coger carretera y manta, pero no sería cierto porque nos vamos en avión. Tropocientas horas de vuelo nos esperan. De día. Con un bebé que acaba de empezar a andar y que no quiere hacer otra cosa. Más una escala. En Frankfurt. Voy a necesitar litros de tila.


Ya sé, ya sé. Viajar, cambiar de aires, conocer una nueva ciudad, hacer amigos, probar nuevos sabores. Pero ¿qué queréis que os diga? No me apetece nada. Cero patatero. Nunca me había apetecido tan poco una estancia. Ésta es ya la sexta que hacemos en los seis años que llevamos de doctorado. Y será también la última. Además como a la vuelta estaremos los dos en el paro, es poco probable que tengamos demasiadas oportunidades para viajar. Y encima nos vamos a Mexico DF, la ciudad de Ulises Lima y Arturo Belano, de los tacos y de las enchiladas, una ciudad con la que llevamos años soñando. Pero ni aún repitiéndome esto constantemente consigo sacar ánimos. ¿Qué entonces por qué me voy? Por esa cosa horrible y puñetera que se llama amor. Amor. Blablabla. Menudo rollo es el amor.


En fin, que otra vez toca despedirse de Madrid. De la familia, que tanto ha peleado por abrirse paso otra vez en el corazón de Mopito. De los viejos amigos, con los que hemos pasado tan buenos ratos este último trimestre. Y de los nuevos amigos recién desvirtualizados que tanto nos han calado. Y si no que se lo pregunten a Mopito que ha aprendido de Maramoto a dar vueltas y más vueltas y giros y más giros y a no parar hasta caer mareado. 


¡Próxima conexión desde el DF!

viernes, 16 de enero de 2015

Maternidad política (I): charla sobre lactivismo con Ester Massó




Siempre he pensado que la maternidad es una cuestión muy política, aunque hasta ahora haya sido más bien recatada a la hora de volcar en este blog mis opiniones sobre algunos de los aspectos más polémicos de la crianza. Pero entonces mi amiga y antigua compañera Ester Massó Guijarro aceptó que le hiciera una especie de entrevista con vistas a publicarla en este espacio. Ella es filósofa y antropóloga, profesora en el departamento de Antropología Social de la Universidad de Granada, madre de dos niños, lactivista, socia activa de la asociación Mamilactancia y con un trabajo a sus espaldas que ha ido orientando cada vez más hacia la comprensión sociopolítica de la lactancia y de la crianza. Con estos antecedentes era inevitable que acabara mojándome.

Y de perdidos al río, porque la cosa se nos ha ido bastante de las manos y en lugar de la entrevista sencillita que tenía en mente, nuestra charla se ha ido pareciendo cada vez más a los diálogos de Platón. Y es que nos hemos pasado varias semanas intercambiando escritos, en una conversación larga e intensa que parecía que no iba a acabar nunca. Como resultado, a mí se me hacía cada vez más difícil la labor de convertir todo esto en un texto que este blog pudiera digerir. Sin embargo, no quería mutilar esta conversación así que he decidido publicarla de forma casi íntegra en este enlace para los más frikis de vosotros, y para el resto, para los que llegáis hasta aquí por el morbo y el cotilleo, iré directamente a la chicha en este resumen jugoso y suculento que os hago a continuación.

Conocí a Ester cuando estaba embarazada de su segunda hija. Recuerdo que me sorprendió mucho la forma de organización familiar que habían elegido ella y su pareja: Jose, su chico, enfermero de profesión, había pedido una excedencia para cuidar a su hijo mayor que después alargaría para encargarse también de la pequeña. Así que Jose seguía a Ester allá dónde ésta fuera. Los compañeros sabíamos que cuando nos cruzábamos por el pasillo con Ester camino de su despacho, de la biblioteca o de un seminario, Jose y los niños no debían andar muy lejos. A veces se veía a Ester salir discretamente de una reunión y volver a entrar con un bulto chupóptero amarrado a su cuerpo, que después se dormía en su regazo tranquilamente mientras los allí reunidos seguíamos con nuestros rollos.

Claro, Ester tenía un trabajo que le permitía mantener esta dinámica. Y tenía una persona a su lado que la apoyaba al ciento por ciento. Porque como ella comenta en una de las réplicas de nuestra conversación, su crianza puede llamarse feminista no porque ella haya elegido seguir trabajando después de tener un bebé, sino porque su chico se comportó de una manera feminista al asimilar las labores de cuidado tradicionalmente asignadas a las mujeres y subvirtiendo en cierta manera las normas de la masculinidad hegemónica. Al final, supongo que ese es el objetivo de muchas familias hoy en día: que nuestros trabajos nos permitan cuidar y atender a nuestros hijos activamente y que no se entienda esta tarea como privativa de las mujeres.

Ester y yo discrepamos en algunas cosas. Más de forma que de fondo, seguramente. Ella le otorga a la lactancia materna una primacía ética de la que yo no estoy nada segura. Aunque en su réplica matiza que el lactivismo no “plantea la lactancia como una prescripción moral para las mujeres” y que ella ha encontrado en los círculos lactivistas uno de los espacios más respetuosos con la autonomía y la decisión de las madres, personalmente, no creo que deba apelarse ni a la ética en un sentido universal, ni menos aún a la ciencia para resolver este conflicto. La experiencia en todas sus facetas es para mí la clave del proceso. Lo que no quita para que sea perfectamente consciente de que ciertas instituciones (con la medicina y la biología a la cabeza) han trabajado históricamente para “convencer” a las mujeres de que sus cuerpos son inútiles. Por supuesto, creo firmemente en la necesidad de destapar los intereses que juegan detrás de estas falacias y de apoyar a las mujeres que se sienten inseguras con su cuerpo a consecuencia de ello. El problema es que en este contexto opresivo, además, se produce otro fenómeno que en mi opinión no hace más que contribuir al desquicie generalizado de las madres: la presión para dar el pecho. No digo que esta presión proceda particularmente del lactivismo: es ubicua y suele estar teñida de cientifismo. En estas circunstancias, en las que discursos tan dispares tratan de abrirse paso casi a la fuerza en los cuerpos de las mujeres, el drama está servido.

Tampoco coincidimos Ester y yo en la valoración que hacemos de la leche de fórmula. Me da la sensación de que se han sobredimensionado algunos de los efectos para la salud que puede conllevar la leche de fórmula. El resultado de ello ha sido una demonización sistemática de este producto que a mí personalmente me parece excesiva y sin parangón con la importancia que se le otorga a otras conductas de alimentación y vida. Cabría recordar que la salud es un agregado de hábitos, comportamientos, modos de vida y genes tan complejo que sencillamente no tiene sentido valorar la incidencia de un solo elemento de una manera tan drástica. Otra cosa son, a mi modo de ver, los estudios sobre la leche materna, algunos de ellos realmente apasionantes. Yo me asombro y me emociono con frecuencia al escuchar lo que algunos médicos consiguen lograr únicamente administrando leche materna a los lactantes.

A pesar de todo, creo que las convergencias son mayores. Ester cree firmemente en el potencial de la teta para cambiar el mundo. Yo no sé si soy tan optimista como ella, pero estoy segura de que la teta tiene mucho empuje. Todavía no deja de sorprenderme lo extendidísimo que está el tabú de la lactancia, incluso en países como España en donde todavía no existe la controversia como la que se observa en los espacios públicos de otros lugares, con Reino Unido o Estados Unidos a la cabeza. Sin embargo, aquí también sigue sin entenderse ni respetarse la decisión de extender la lactancia más allá de cierta fecha (normalmente, en torno al año). Me maravilla descubrir el desasosiego que provocan imágenes como aquellas tan famosas que aparecieron en la revista Time el 21 de mayo de 2012, dentro del reportaje “Are you mum enough?”. ¿Por qué? ¿Por qué este revuelo? ¿Por qué a algunos les resulta “raro”, “desagradable”, “extraño”, “antinatural”, “anormal”, “insano” que una mujer dé el pecho a un bebé más mayor? ¿Por qué la teta despierta chanzas de todo tipo cuando el niño es ya capaz de nombrarla? ¿Por qué una madre amamantando es capaz de incomodar incluso a ciertas personas que defienden  la libertad de las mujeres para tomar decisiones sobre su propio cuerpo en otras parcelas del proceso reproductivo (anticoncepción, aborto, etc.)? Está claro que la teta, con su capacidad para revolver algunos de los estómagos más acomodados de nuestro entorno, resulta para muchos una auténtica amenaza. Y supongo que el hecho de que despierte tanta inquietud es la mayor prueba de que de alguna manera lo es.


De ahí la importancia que tiene una de las acciones más interesantes que, como lactivista, he visto a Ester realizar sistemáticamente: dar el pecho públicamente, sin ningún pudor, sin ningún tapujo, sin ningún reparo, en cualquier sitio, sin taparse, sin ocultarse, con mucho orgullo. En algún lugar he leído que hay algunas mujeres que amamantan con tan poca vergüenza que parece que lo hacen para provocar. Bueno, pues digamos que una de ellas es Ester. Y qué queréis que os diga, ¡viva la provocación! Que la teta sea pública, que reivindique el espacio del que la habían expulsado, que se haga visible y que señale acusadora a todos esos que la temen o la niegan, me parece una acción muy política y muy necesaria. Sobre todo si se piensa la teta como un símbolo de la economía del cuidado, cuyo papel histórico ha sido muy infravalorado desde las posiciones hiperproductivas (masculinas) del capitalismo.

En fin, os animo a leer la conversación al completo. En ella hablamos de lactivismo, de lactancia materna, de la naturalización de las prácticas de crianza, de feminismo y de ciencia, entre otras cosas. Quizás de entre todo me quedo con esa idea sencilla pero muy gráfica de que no se puede hablar de lactancia en singular, si no de “lactancias”. Y si queréis conocer un poquito más del trabajo de Ester, podéis pinchar en los siguientes enlaces para acceder al audio de una entrevista que concedió a Radio Almaina y a un par de artículos de los que es autora:

Entrevistas en radio: 

Enlaces a artículos: 

 NOTA: Agradezco especialmente la colaboración de Pedro en la edición del formato del texto de la entrevista. ¡Gracias pichurrillo!


martes, 13 de enero de 2015

Lágrimas y lágrimas




Todo el mundo sabe que después de parir a las mujeres se nos ponen las hormonas por sombrero y que además de no poder sentarnos a gusto durante unas semanas, de las cicatrices y de otras lindezas varias que acompañan al parto hospitalario, echamos la lagrimita por cualquier motivo. Esto es rigurosamente cierto. Aunque en mi caso, más que lagrimitas eran lagrimones. Vaya, que yo no he llorado nunca en mi vida tan desconsoladamente. Y eso que siempre he sido de lágrima muy, muy fácil.

Lo que no te dicen es que las llantinas post-parto se prolongan mucho más allá de la cuarentena. El desconsuelo ya no es tan grande, pero los motivos del llanto son cada vez más estúpidos. En los últimos tiempos recuerdo haber llorado a moco tendido por las siguientes chuminadas: el anuncio de coca-cola, el anuncio de Ikea, un documental sobre pingüinos, otro documental sobre elefantes, descubrir las cifras de mortalidad infantil de los siglos XIX y XX, la viñeta de Mafalda en la que Guille le confiesa que le echa mucho de menos cuando se va a la escuela todas las mañanas o la noticia de que el gordo de la lotería de El Niño había caído íntegramente en un barrio trabajador de Leganés. Ver una película de Harry Potter ahora es todo un dramón. Y si se me ocurre descargarme un video de la página esa “Cosas que inspiran” podéis estar seguros de que la cosa no va a acabar bien. ¿Qué pasará el primer día que tenga que dejar a Mopito en el cole? ¿Llorará él o lloraré yo?

Esta semana, además, nos han visitado algunos de esos invitados indeseables que nunca faltan en el invierno, como la tos y los mocos. Para aliviar los síntomas, hemos estado durmiendo con una cebolla debajo de la cama. El resultado, además de ir desprendiendo por la vida un delicado aroma a eau de cebolla, es que ahora ya no puedo descansar del lagrimeo ni de día ni de noche. Me siento como si fuera July Andrews en aquella famosa película musical que contaba las aventuras de la familia Von Trapp, sólo que sin la parte de las sonrisas. Y sin tiroleses, claro.