martes, 24 de marzo de 2015

Treinta y dos





Fue mi cumpleaños. Recibí los 32 en la cama, con fiebre y hasta arriba de mocos. Este año los virus siguen sin darnos tregua. Pedro trajo una tarta tres leches, tan grande como para alimentar a un regimiento y cubierta por litros de dulce de leche, que aquí llaman “cajeta”. Mopito, también resfriado, le dio un par de mordiscos y ya no comió nada más en tres días. Y me hicieron un súper regalo: tres bragas y un viaje de una semana para visitar ruinas mayas y playas yucatecas.

Por cierto, que con tanto virus voy retrasadísima con el capítulo de la Innombrable que me traigo entre manos. Además tengo que revisar la entrevista que le hice a Ester Massó sobre lactivismo, porque vamos a publicarla en la revista Dilemata. Estoy enfrascadísima en un reto literario, el #retoliluleo, gracias al cual he conseguido por fin reengancharme a la lectura. Y comienzo a afrontar algunos propósitos de mi lista para el 2015, por ejemplo, el de escribir una novela. Y luego está todo lo demás. Ya saben, peinarse las greñas, ducharse, hacer la cama, fregar los platos, cocinar, hacer la compra y bailar un reaggeton en el cuarto de baño. Me agobio, no lo puedo evitar.

En fin, que entre agobios y desagobios, viajes y no viajes, no sé cuándo podré volver a pasarme por aquí. Quizás en unos días me dé por publicar un monográfico de mis fotos de la playa, que sé que me lo van a agradecer todos ustedes muchísimo cuando me lean desde la oficina. O quizás tarde alguna semana más. Pero para cuando vuelva, tendremos boda. ¿O primera cita? ¿O boda? ¡Ah, que no se lo he dicho! Hubo empate entre estas dos historias, así que como éste es mi blog y si no me aceptan pulpo como animal de compañía me lo llevo, yo seré la encargada de desempatar. Así mantenemos aún el misterio un poco más.

Mientras tanto, ¡que lo pasen ustedes muy bien!

lunes, 16 de marzo de 2015

Blog Invitado: Risotto ai Funghi



 Me encanta Italia. Es un país que me fascina y que nunca me cansaría de recorrer. Lo conozco bien, porque he vivido en él bastante tiempo y me encantaría tener la oportunidad de volver a pasar allí una temporada larga. Su espectacular geografía, sus ciudades llenas de arte, sus gentes y, por supuesto, su gastronomía me vuelven completamente loca. Y eso es algo que compartimos Gentzane, creadora de Mangiare a Mesa Puesta, un blog que es una auténtica joya y que os recomiendo mucho, y una servidora. Por eso cuando empezamos a considerar la posibilidad de escribir algo en equipo dentro de la iniciativa del “Blog Invitado” que ella ha puesto en marcha, enseguida pensamos en montar entre las dos toda una cena a la italiana: ella se encargaría de preparar el primer plato y yo el postre. Lástima que el banquete se haya celebrado al más puro estilo 2.0 y no hayamos podido disfrutarlo las dos juntas. ¡Pero todo se andará!

Os dejo con Gentzane y su risotto. Si queréis ver lo que yo he preparado podéis hacerlo aquí. ¡Qué lo disfrutéis!



El nombre de este plato proviene de “riso”, arroz en italiano y su origen se remonta a 1574, durante el Renacimiento. En Italia es conocido como la “minestra asciuta”, es decir, “sopa seca”, y aunque es fácil de preparar, tiene su cosa. Para que esté realmente bueno y se parezca al risotto que preparan en el país de origen, tiene que quedar cremoso, ligado y al dente, y no pegajoso, caldoso o seco. Encontrar ese equilibrio es sólo cuestión de práctica, pero no os preocupéis, porque con esta receta seguro que lo conseguís. 

La versión más conocida es el “risotto alla milanesa”, pero en esta ocasión prepararemos un risotto “ai funghi” para chuparse los dedos. Mi pasión por la cocina italiana me llevó a apuntarme a un curso de cocina llamado “La divina comida”. En una sola clase aprendería a cocinar dos tipos de risotto, así que os podréis imaginar que con ese nombre y ese propósito, me lancé de cabeza sin pensarlo. Desde aquel día, he hecho esta receta muchas veces aplicando pequeñas variaciones a mi gusto y la verdad es que es uno de mis platos preferidos. ¡Espero que os guste!



INGREDIENTES (Para 4 personas): 

  • 70 gr de mantequilla.
  • Aceite de oliva virgen extra.
  • 1 vaso de vino blanco o Txakoli.
  • 1 litro de caldo de verduras (si es casero mejor).
  • 1 cebolla.
  • 1 diente de ajo (opcional).
  • 70 gr de queso parmesano rallado.
  • 50 gr de Boletus secos (o 400gr frescos).
  • 350 gr de arroz Arborio o Carnaroli.
  • Perejil. 

ELABORACIÓN:  

1. Hidratar los Boletus secos en agua templada durante al menos 15 minutos.
2. Poner a calentar el caldo en una cazuela aparte.
3. Picar la cebolla y sofreírla en aceite.
4. Añadir el ajo y las setas (previamente picadas a no ser que queráis trozos grandes), remover hasta que estén medios hechos.  



5. Añadir el arroz y tostarlo (hasta que el grano se vuelva un poco transparente). Luego echarle el vino blanco y dejarlo evaporar.
6. Añadir dos cazos de caldo caliente y remover todo. Cuando se evapore el caldo repetir la operación.
7. Seguir añadiendo caldo y removiendo hasta el final de la cocción.
8. Cuando el arroz esté hecho (aproximadamente 17 minutos), apagar el fuego y añadir mantequilla, perejil picado (o seco) y queso parmesano rallado. 




CONSEJOS:

  • Se puede utilizar cualquier tipo de arroz, pero con los arroces Arborio o Carnaroli nos aseguramos la calidad del grano para este plato, ya que sueltan el almidón progresivamente. 
  • La cocción debe ser a fuego medio, ya que si se hace a fuego fuerte el grano tiende a separarse y corremos el riesgo de que quede pegajoso. 
  • Si os gusta mucho el queso, podéis espolvorear un poco por encima después de servir y quedará riquísimo. El último paso de añadir la mantequilla y el queso, puede provocar serios orgasmos culinarios si os quedáis mirando cómo se funde todo lentamente. 




miércoles, 11 de marzo de 2015

Teotihuacan






Por primera vez en mi vida he visto una pirámide de cerca. Antes, este tipo de visiones me producían siempre mucha turbación. No os voy a hablar del síndrome de Stendhal porque todos hemos visto anunciado el mismo coche. Pero supongo que algo así era lo que sentía al tropezarme con este tipo de maravillas, retazos de un mundo ya extinto, auténticas supervivientes de la historia. Estos encuentros me sobrecogían y me daban mucho en lo que pensar.

Ahora es distinto. Porque desembarcar en un recinto arqueológico de varios kilómetros cuadrados como es Teotihuacan con un bebé andarín bajo el brazo también resulta inquietante, pero en un sentido muy diferente. A un lado la Pirámide de la Luna y al otro la Pirámide del Sol se erigen imponentes. Me emociono un poco y me doy cuenta de que el tiempo apremia si queremos verlo todo. Entonces Mopito enfila hacia la papelera y comienza a dar vueltas en círculos a su alrededor, pletórico. Uno puede ver como a lo lejos la gran Pirámide del Sol, la tercera más grande del mundo, se va haciendo cada vez más pequeñita. Pasamos la siguiente media hora tratando de convencer al pequeñajo de que avance en alguna dirección. Hay protestas, grititos, y desesperación. Pero todo llega en esta vida y al final se cansa y acepta que lo subamos a la mochila. 

Tres pasos más adelante siento que algo huele a chamusquina. Es el culo de Mopito. Así que paramos en la escalinata de acceso a la Plaza de la Luna y allí, encima de las ruinas precolombinas, procedemos a realizar un cambio de pañal. Sin duda, éste es el momento más transcendental de toda la excursión

En el otro extremo de la plaza se encuentra el Palacio de Quetzalpapálotl. Hay que subir un par de escalones para acceder a sus salas. Mopito los sube y los baja una y otra vez, una y otra vez. Después se para en el más alto y empieza a recopilar piedrecitas. Dice Pedro que son piedras volcánicas. Por mi como si son piedras talladas por la mismísima Malinche. Llevamos allí casi dos horas y apenas hemos avanzado unos pocos metros.

Por fin, en algún punto de la Calzada de los Muertos, Mopito se duerme. Ya no tenemos tiempo para subir a la cima de la tercera pirámide más alta del mundo, así que caminamos entre cactus, vendedores ambulantes y ruinas varias hasta el Templo de Quetzalcóatl, rapidito que ya es muy tarde y no va a tardar mucho en despertar. Está claro que el bueno de Stendhal no viajaba con niños.

lunes, 2 de marzo de 2015

Mexico desde mi ventana





Aseguran los cronistas que cuando Moctezuma se encontró con Hernán Cortés pensó hallarse ante el dios Quetzalcóatl. Esta historia nos ha fascinado siempre a los europeos y nos la hemos creído a pies juntillas. Claro que nunca nos ha hecho falta demasiado rollo para autoconvencernos de que somos dioses. ¡Ah, pero el espejismo no debió durarle mucho al bueno de Moctezuma! Sólo eso explicaría la mala leche que se trajo el emperador mexica al lanzar una maldición contra los españoles y otros extranjeros que se atrevieran a adentrarse en el continente. Desde entonces, la Venganza de Moctezuma ha hecho mella en los estómagos de muchos viajeros. Por supuesto nosotros, que cuando visitamos un país siempre procuramos hacer la experiencia completa, no podíamos dejar de probar en nuestras carnes los efectos de tan terrible maldición azteca. No entraré en detalles. Basta con decir que, entre unas cosas y otras, apenas he podido salir de la cama en una semana (salvo para visitar el cuarto de baño). Y allí tumbada, viendo como el pobre Mopito se retorcía de dolor acostado a mi lado, sin poder siquiera pensar en poner un pie fuera del cuarto, sin ver las aceras, ni oler las calles, sólo me quedaba perderme en los sonidos que entraban por la ventana


Quetzalcóatl y Hernán Cortés. No sé a vosotros, pero a mí estos dos no se me parecen en nada.

No se imaginan lo tremendamente bulliciosa que es esta ciudad. A primera hora de la mañana alguien camina a lo largo de la calle agitando un cencerro. No me pregunten cuál es el motivo. Sólo sé que tan rápido como llega se va. Aún no son las 7:30. Algo más tarde, hacia las 9:00, comienzan a oírse desde bien lejos los gritos profundos, melódicos y persistentes de un hombre. No he conseguido averiguar qué es lo que trata de vender, pero pueden estar seguros de que algo vende. Porque aquí casi todo el mundo vende algo. Excepto quizás aquellos otros que pasan por primera vez como a las 10:00 de la mañana en una furgoneta con un altavoz del que sale una voz femenina muy molesta y espantosamente aguda que dice comprar colchones, tambores, refrigeradores, estufas, lavadoras, microondas o algo de fierro viejo que vendan. Por supuesto, todo momento es bueno para la sirena de la policía, para una moto o para un camión. O sencillamente para escuchar a toda potencia las rancheras despedidas a trompicones desde un coche cualquiera. Pero la joya de la corona entre todos los sonidos mexicanos que entran por mi ventana sin duda procede de ese humilde vendedor de tamales que empuja calle arriba una bicicleta con un remolque bien cargado. La melodía de los tamales se me incrusta en la cabeza sin piedad alguna: Acérquese y pida sus ricos tamales oaxaqueños. Hay tamales oaxaqueños, tamales calientitos. Pida sus ricos tamales oaxaqueños. Lo curioso es que esta grabación la tienen todos los vendedores de tamales de la ciudad. Así que no hay día en que los habitantes del DF no la escuchen al menos un par de veces. La misma música sonando arriba y abajo una y otra vez. A mí todavía me gusta su cadencia, pero ningún cronista podrá negar que para muchos se ha convertido ya en una auténtica maldición.

Tamales