jueves, 14 de enero de 2016

Yo quiero mi gorro

 
 

 
Ni de princesas, ni de príncipes. Los cuentos que de verdad nos gustan en esta casa son los de osos. Cuanto más extravagantes e inquietos mejor. Los títulos con protagonistas osunos empiezan a acumularse en la estantería de Mopito: Discurso del oso, El misterioso caso del oso y éste que os traigo hoy, Yo quiero mi gorro, una genialidad un tanto irreverente escrita e ilustrada por Jon Klassen.
El argumento es sencillo. Un oso de aspecto afable y bonachón ha perdido su gorro, así que comienza a interrogar a todos los animales del bosque esperando encontrar alguna pista que le lleve hasta él. Ni la rana, ni la ardilla, ni el armadillo, ni la serpiente pueden ayudarle. Tampoco el conejo parece saber nada del asunto, aunque hay algo que nos hace sospechar de este personaje astuto y ladino. Ante el fracaso de sus pesquisas, el oso se lamenta largamente por su pérdida, pero una conversación con el ciervo le hace reflexionar y darse cuenta de un detalle que antes le había pasado desapercibido. No os cuento el final, pero os adelanto que es absolutamente brillante: imposible no dejar escapar una buena risotada.
Lo que me gusta de este libro es, otra vez, que no cae en la trampa tan habitual en la literatura infantil de tratar a los niños como si fueran idiotas. Haciendo gala del mejor humor negro, Klassen destroza el maniqueísmo clásico que suele imponerse en este tipo de fábulas y se aleja de las reflexiones morales construidas a partir de blancos y negros para ofrecernos una lección plagada de grises dobleces. Muy, muy recomendable.
 

lunes, 4 de enero de 2016

Lengua de trapo





"«Cheche» es una palabra sin la que, supongo, puedo vivir. Pero ¿«enlah» Ya la echo de menos. Ya nunca la volveré a oír. Nadie la volverá a oír, de sus labios no. ¿Cómo sonaba? ¿La puedo recordar bien? ¿A dónde ha ido a parar?" 
(MARTIN AMIS, Campos de Londres, Barcelona, Anagrama, 1999)
 

Pipo, pica, quica, loli. Sonidos fugitivos con significado propio que se evaporan en los albores del lenguaje. Aparecen brevemente para tratar de encapsular el momento mismo del cambio, de la transformación. Son como huellas en la nieve, preciosas, perfectas y destinadas a desaparecer. Mañana no estarán. Tendremos que acostumbrarnos a vivir sin ellas. Serán sustituidas por las palabras originales. Palabras temidas y verdaderas como pingüino, película, música y móvil. Y al recordar aquellas otras sílabas que fueron su sombra, nos invadirá la nostalgia.  

Es el lenguaje de la metamorfosis, del tiempo perdido. De ese que se escurre entre los dedos mientras los niños crecen, juegan, se ríen y aprenden a hablar. Un lenguaje que nace ya olvidado, formado por palabras intangibles, perecederas, que nunca estarán en un diccionario a pesar de ser las únicas que sirven para explicar un hecho tan simple como impensable: que donde ahora hay un niño, había antes un bebé. Tendremos que aprender a vivir con ello.